Isabel Tudor

Cuando apenas contaba dos años y medio de edad, su madre fue acusada de adulterio, condenada a muerte y ejecutada por orden de su padre, quién, al día siguiente la declararía bastarda y contraería un nuevo matrimonio. Fascinante símbolo de la alianza excepcional de las cualidades más brillantes y más contradictorias, ocupó durante 44 años el trono de Inglaterra. Insomne y debilitada por la resistencia opuesta ante la muerte, dejó de existir en medio de crueles tormentos. Tenía 69 años.
Richmond – Inglaterra (1603)


Me niego a bien morir.
Aunque me emplaces.
Aunque jales con dedos cadavéricos mis escasos cabellos.
Aunque reptes paredes,
como araña,
acechando mi sueño en los rincones.
Soy Isabel I de Inglaterra.
La última Tudor.
La reina virgen.
Disimulo
detrás del maquillaje
cicatrices que el tiempo ha dibujado contra las superficies del azogue
y bajo la opulencia de mis faldas,
mi lunario amputado,
mi deshonra,
el repudiado vientre,
ese desierto,
ese canibalismo avasallante consumiendo el temblor de mis embriones.
Soy una experta en derrotar las sombras que me expulsan de todas las estirpes,
que me nombran bastarda,
ilegítima del capricho sexual de un homicida
y la ingenua ambición de su consorte.
Soy la última Tudor,
la mujer rota.
Me debato en el lecho,
me resisto,
me humillo hasta la fiebre,
me envilezco,
me rehúso a entregarte esta vigilia que te persigue por los corredores.
Ven y toma mi vida,
si te atreves.
Morderé tus mejillas,
tu garganta,
te arrancaré los ojos con las manos.
Soy la última Tudor.
Aún no ha nacido la muerte que me llame por mi nombre.

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