Anastasia, princesa de Angola

Indignada ante los ultrajes sufridos por las esclavas negras, Anastasia, princesa de Angola, mantuvo una valiente actitud de protesta. Condenada por ello a portar mordaza de cuero y collar de hierro, muere por la infección de las heridas que el metal le provoca. Corría el mes de enero de 1601.
Brasil (Bahía/Río de Janeiro)


Por negarme a callar,
por no rendirme,
por no entregar mi dignidad a cambio de evitarme el dolor de la gangrena en un silencio impuesto por mordazas,
por asumir la voz de las mujeres cuando hay profanaciones al acecho,
a la sombra de alguna borrachera,
detrás de la lascivia,
entre disputas,
bajo la alevosía de los látigos,
a punta de pistola, de cuchillos,
de puños como piedras,
de hemorragias,
a espaldas de la alcoba y los preceptos.
Por negarme a besar aunque mi cuerpo se rompía a pedazos,
aunque el odio colmaba mis entrañas de ojos claros
una vez
y otra vez
abofeteándome
ulcerando mis labios,
mis mejillas,
desgarrando mi carne hasta el tormento;
empalándome al polvo de la noche,
a las escarpaduras del insomnio que atraviesa,
que horada,
que perfora,
que escarba en el reverso de los muslos y en los desfiladeros de las fiebres
con embates de furia sin sosiego.
Estoy aquí,
comida por las llagas que provoca el metal contra las pieles,
sin poder pronunciar ninguna queja en el idioma de las cicatrices
que dibujan el rostro de la muerte suspendido en la atmósfera de enero.
Ya escucho sus pisadas en la arena
y el eco repetido de mi nombre
perdido entre las jarcias de aquel barco que me arrojó al umbral de la deshonra.
Después de tanta ausencia,
estoy llegando
junto al árbol tribal donde me espero

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